Esta tarde salí del cine y me dirigí a la estación de subte. Cuando llego al andén, en los televisores colgantes se proyectaba una publicidad, en la cual, gracias a la virtudes digitales un tocadiscos se convertía en un mínimo aparato i-pod, pasando por todas las formas en que fue evolucionando la tecnología, desde un grabador portátil, un walkman y el posterior discman. Al finalizar la publicidad, se leía: “La música nunca morirá”.
Inmediatamente me puse a pensar que con los teléfonos pasó algo parecido, pero hay algo que está pereciendo, y esa es la “voz”.
Desde esos grandes aparatos portátiles con valijita hasta el más sofisticado celular que saca fotos, filma y reproduce video, te suelta la música que vos quieras y dicho sea de paso, salen cada vez más caros, acudimos también a la evolución tecnológica, pero en medio de todo eso están los famosos “mensajes de texto”, porque son más baratos que llamar, porque son más concretos y unos tantos porque más…Pero sea como sea, tanta tecnología invasora nos deja, literalmente, SIN PALABRAS. Así es como el Messenger, los e-mails, los mensajes de texto y otras tantas cosas que se seguirán inventando, hacen que la gente se escuche cada vez menos la voz, o quede completamente incomunicada por los mensajes llegan tres horas después o no llegan nunca, se mire menos, y hasta talvez se encuentre menos. Y de desencuentros, sean de la índole que sean, esta ciudad laberíntica, ya tiene para contar bastante.
20070103
20061118
Dos líneas
Si pudiera subrayar en el aire un momento intacto del presente, iría en busca de esa hora en el pasado en la cual, tímido, vi que te acercabas.
Días de Oficina
Estoy sentado en la oficina, almorzando en mi escritorio, como todos los mediodía, pero esta vez afuera, veo por la ventana, los nubarrones grises que se apelmazan y se pegotean unos con otros y de tanto roce de vez en cuando hacen caer algunas gotas.
Hace unos cuantos días que venir a trabajar me resulta extraño. Es una mezcla de sentimientos varios, entre la falta por la ausencia y la bronca por la presencia, si bien suena contradictorio, quien no lo es, verdad?...
Una relación estúpida, diría él, una relación intensa, opino yo. La misma relación que comenzó con códigos, siguió con verdades y terminó con enojos. Códigos seductores, verdades que causaban incomodidad, enojos estúpidos.
Mucho mail, mucho chat, mucho chat nocturno, mucha conversación telefónica hasta altas horas de la madrugada, escasos encuentros en la oficina, miradas esquivas, cero roce.
A veces quiero convencerme que no me importa su silencio, y otras tantas siento que sí me importa, porque extraño. ¿Lo extraño? ¿Extraño los mails o su voz en el teléfono? Extraño es lo que nos pasaba, desde mi nudo en el estómago hasta su voz aniñada cuando le dije que quería algo mas. ¿Extraño la posibilidad? Extraña la verborrea de su discurso cuando se brotaba por algo del laburo y me llamaba de noche. ¿Extraño lo que nunca ha de ser? ¿Acaso eso puede dejar un largo y profundo vacío? Sí. Cuando, aunque uno no quiera ver, en el fondo (o en la superficie) existe la mínima posibilidad de algo en el mañana, cuando esa palma de promisorios días juntos, te da vuelta la cara de un cachetazo, se siente vacío.
A veces se me escapa la mirada de soslayo sobre el tubo del teléfono, para ver si está bien colgado. Lo está. ¿Porque no llamo yo? Porque podría causar además de rechazo, que no soportaría, algún problema en su convivencia. ¿Los mails? Si, le mande un par. Las respuestas fueron escuetas, la última ni siquiera iba directamente dirigida a mi, cosa que me da que pensar. A esa hubo nuevo reenvío mío. Otra vez las teclas no cantaron al compás de sus dedos.
Hoy silencio. Hoy, solo un saludo de su parte, por ser políticamente correcto. Falso, diría yo. Falso sería esperar que el teléfono sonara, que la ventanita del messenger amaneciera en el horizonte derecho de mi computadora. Falso fue esperar un café mil veces prometido. Falso sería arribar a la conclusión, que del otro lado, mientras el silencio abunda, los pensamientos no se conjugan a la distancia con los míos...Algo en el aire siempre flotó...hoy flotan los recuerdos, el repaso de las conversaciones y el eco de esa voz que no solo me sacó de la rutina agobiante de la oficina, sino que me hizo redescubrirme vivo otra vez.
Hace unos cuantos días que venir a trabajar me resulta extraño. Es una mezcla de sentimientos varios, entre la falta por la ausencia y la bronca por la presencia, si bien suena contradictorio, quien no lo es, verdad?...
Una relación estúpida, diría él, una relación intensa, opino yo. La misma relación que comenzó con códigos, siguió con verdades y terminó con enojos. Códigos seductores, verdades que causaban incomodidad, enojos estúpidos.
Mucho mail, mucho chat, mucho chat nocturno, mucha conversación telefónica hasta altas horas de la madrugada, escasos encuentros en la oficina, miradas esquivas, cero roce.
A veces quiero convencerme que no me importa su silencio, y otras tantas siento que sí me importa, porque extraño. ¿Lo extraño? ¿Extraño los mails o su voz en el teléfono? Extraño es lo que nos pasaba, desde mi nudo en el estómago hasta su voz aniñada cuando le dije que quería algo mas. ¿Extraño la posibilidad? Extraña la verborrea de su discurso cuando se brotaba por algo del laburo y me llamaba de noche. ¿Extraño lo que nunca ha de ser? ¿Acaso eso puede dejar un largo y profundo vacío? Sí. Cuando, aunque uno no quiera ver, en el fondo (o en la superficie) existe la mínima posibilidad de algo en el mañana, cuando esa palma de promisorios días juntos, te da vuelta la cara de un cachetazo, se siente vacío.
A veces se me escapa la mirada de soslayo sobre el tubo del teléfono, para ver si está bien colgado. Lo está. ¿Porque no llamo yo? Porque podría causar además de rechazo, que no soportaría, algún problema en su convivencia. ¿Los mails? Si, le mande un par. Las respuestas fueron escuetas, la última ni siquiera iba directamente dirigida a mi, cosa que me da que pensar. A esa hubo nuevo reenvío mío. Otra vez las teclas no cantaron al compás de sus dedos.
Hoy silencio. Hoy, solo un saludo de su parte, por ser políticamente correcto. Falso, diría yo. Falso sería esperar que el teléfono sonara, que la ventanita del messenger amaneciera en el horizonte derecho de mi computadora. Falso fue esperar un café mil veces prometido. Falso sería arribar a la conclusión, que del otro lado, mientras el silencio abunda, los pensamientos no se conjugan a la distancia con los míos...Algo en el aire siempre flotó...hoy flotan los recuerdos, el repaso de las conversaciones y el eco de esa voz que no solo me sacó de la rutina agobiante de la oficina, sino que me hizo redescubrirme vivo otra vez.
20061010
EXPRESS
El encuentro nocturno había sido fugaz pero intenso. Después de un breve trámite coloquial, mientras se vestían, bajó a abrirle la puerta y se despidieron soltando un chau al aire espeso de la madrugada. Volvió a su departamento con el sexo calmo y mientras estiraba las sábanas recorrió con su mente realentadamente cada mano posada en los lugares precisos, cada bocanada de aire después de cada mínimo beso y cada roce de las pieles húmedas y de los cuerpos desconocidos, tan cercanos y tan distantes.
Se dejó caer en la cama y encendió un cigarrillo. Siguió reviviendo la escena al mismo tiempo que el aroma del perfume del fugaz visitante se colaba entre las rendijas de la ventana y se perdía en la noche, como se debió haber perdido él tras doblar en alguna esquina. Aún flotaba en la habitación el eco de una serie de jadeos y crudas respiraciones, de la madera de las patas del somier contra el parqué hasta el grito ahogado del orgasmo apresurado cuando nuevamente cayó en la cuenta que todo lo que sabía de él era su nombre, si acaso le había dicho el verdadero.
Se dejó caer en la cama y encendió un cigarrillo. Siguió reviviendo la escena al mismo tiempo que el aroma del perfume del fugaz visitante se colaba entre las rendijas de la ventana y se perdía en la noche, como se debió haber perdido él tras doblar en alguna esquina. Aún flotaba en la habitación el eco de una serie de jadeos y crudas respiraciones, de la madera de las patas del somier contra el parqué hasta el grito ahogado del orgasmo apresurado cuando nuevamente cayó en la cuenta que todo lo que sabía de él era su nombre, si acaso le había dicho el verdadero.
20061004
Cristal Púrpura
La noche había comenzado paciente, hechicera, mágica. El ritual del perfume en las venitas que laten detrás de las orejas, en las que desembocan en la palmas de las manos y donde termina el ombligo había finalizado. Encendió un cigarrillo y dio vuelta un punto la perilla del volumen del equipo de música. Se acomodó en el sillón y fingió disfrutar de la melodía y de la copa de vino tinto que se había servido minutos antes.
Lentamente, el tiempo avanzaba en el reloj de pared. Apagó con tranquilidad el cigarrillo después de la última pitada. Bebió otro sorbo de la copa, se incorporó, se acomodó la pollera y se paró frente al espejo. Consideró que un leve retoque en su pelo le daría un acabado mas uniforme. Apenas se lo acarició con la palma de la mano para ajustar ese mechón rebelde que no la seducía. Observó que la blusa blanca tenía una arruga en la zona del abdomen. Hundió la panza y alisó la tela suavemente con la mano. Subió un poco mas la pollera desde la cintura, para ocultar la arruga e inmediatamente decidió no sentarse para evitar una nueva marca. Dio un cuarto de giro, primero hacia la izquierda, luego hacia la derecha y observó cada detalle de su atuendo. Acomodó con suavidad el pequeño tajo de la parte trasera de su falda.
Miró el reloj. Luego sus zapatos negros clásicos. Buscó una franela y repasó el cuero hasta ver algo de su propio reflejo en él. Volvió a revisar su vestimenta frente al espejo. No había nada nuevo por acomodar. Su mechón también había sido obediente.
Buscó la copa y bebió un nuevo sorbo contenido. La figura del teléfono se desdibujaba a través del cristal de la copa. Posó con naturalidad el recipiente sobre la mesa. Se frotó las manos que sintió heladas y descolgó el aparato llevándolo hacia su oído, mientras contenía la respiración.....Si, tenía tono. Entonces, se apresuró a colgar. Fue hacia la cocina y se sirvió un cuarto más de vino. Apenas terminó de deslizarse el líquido dentro de la copa la sobresaltó el portero eléctrico...Pero no el de su departamento. Fue instantánea su actitud de levantar el parlante como así también apoyar su otra mano en la tecla de la luz. La cocina quedó a oscuras y ella petrificada en la penumbra confundiéndose su sombra con lo claro oscuros que se colaban en el ambiente. El timbre volvió a insistir.
La luz del departamento de arriba estalló contra la pared áspera que se erguía frente a su cocina. Pudo oír el nombre del visitante a través del auricular que permanecía en su mano temblorosa. También escuchó la mínima conversación originada en off. Colgó.
Nuevamente se frotó las manos con impaciencia y el reloj parecía no romper el tiempo ni empujarlo hacia delante.
En algún momento, del que no pudo darse cuenta, la madrugada comenzó a romperse y detrás del cristal negro liberó los primeros claros naranjas rojizos del alba. Ya no había más vino en la botella y apenas un color púrpura fijado al cristal de la copa, también vacía. La luz roja del contestador automático seguía fija y seguramente el tono monocorde de la línea continuaba ahogado allí adentro.
Aún flotaban en el ambiente casi imperceptibles vestigios del perfume que había estrenado horas antes. Su blusa presentaba síntomas de vejez enmarcadas por las arrugas en la espalda y el cierre de su falda tampoco estaba en su lugar. La renguera la provocaba la falta de uno de sus zapatos y las manos le transpiraban rojizas, como si de golpe un torrente de sangre hubiera desembocado en las palmas. El mechón ya no era el único grupo de su cabello que había entrado en rebeldía. Todo ese cuadro se dibujó en el espejo por unos minutos.
Lentamente, el tiempo avanzaba en el reloj de pared. Apagó con tranquilidad el cigarrillo después de la última pitada. Bebió otro sorbo de la copa, se incorporó, se acomodó la pollera y se paró frente al espejo. Consideró que un leve retoque en su pelo le daría un acabado mas uniforme. Apenas se lo acarició con la palma de la mano para ajustar ese mechón rebelde que no la seducía. Observó que la blusa blanca tenía una arruga en la zona del abdomen. Hundió la panza y alisó la tela suavemente con la mano. Subió un poco mas la pollera desde la cintura, para ocultar la arruga e inmediatamente decidió no sentarse para evitar una nueva marca. Dio un cuarto de giro, primero hacia la izquierda, luego hacia la derecha y observó cada detalle de su atuendo. Acomodó con suavidad el pequeño tajo de la parte trasera de su falda.
Miró el reloj. Luego sus zapatos negros clásicos. Buscó una franela y repasó el cuero hasta ver algo de su propio reflejo en él. Volvió a revisar su vestimenta frente al espejo. No había nada nuevo por acomodar. Su mechón también había sido obediente.
Buscó la copa y bebió un nuevo sorbo contenido. La figura del teléfono se desdibujaba a través del cristal de la copa. Posó con naturalidad el recipiente sobre la mesa. Se frotó las manos que sintió heladas y descolgó el aparato llevándolo hacia su oído, mientras contenía la respiración.....Si, tenía tono. Entonces, se apresuró a colgar. Fue hacia la cocina y se sirvió un cuarto más de vino. Apenas terminó de deslizarse el líquido dentro de la copa la sobresaltó el portero eléctrico...Pero no el de su departamento. Fue instantánea su actitud de levantar el parlante como así también apoyar su otra mano en la tecla de la luz. La cocina quedó a oscuras y ella petrificada en la penumbra confundiéndose su sombra con lo claro oscuros que se colaban en el ambiente. El timbre volvió a insistir.
La luz del departamento de arriba estalló contra la pared áspera que se erguía frente a su cocina. Pudo oír el nombre del visitante a través del auricular que permanecía en su mano temblorosa. También escuchó la mínima conversación originada en off. Colgó.
Nuevamente se frotó las manos con impaciencia y el reloj parecía no romper el tiempo ni empujarlo hacia delante.
En algún momento, del que no pudo darse cuenta, la madrugada comenzó a romperse y detrás del cristal negro liberó los primeros claros naranjas rojizos del alba. Ya no había más vino en la botella y apenas un color púrpura fijado al cristal de la copa, también vacía. La luz roja del contestador automático seguía fija y seguramente el tono monocorde de la línea continuaba ahogado allí adentro.
Aún flotaban en el ambiente casi imperceptibles vestigios del perfume que había estrenado horas antes. Su blusa presentaba síntomas de vejez enmarcadas por las arrugas en la espalda y el cierre de su falda tampoco estaba en su lugar. La renguera la provocaba la falta de uno de sus zapatos y las manos le transpiraban rojizas, como si de golpe un torrente de sangre hubiera desembocado en las palmas. El mechón ya no era el único grupo de su cabello que había entrado en rebeldía. Todo ese cuadro se dibujó en el espejo por unos minutos.
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